domingo, 3 de marzo de 2013

Diferencia entre «decir» y «mostrar» en un texto literario y entre decir y hablar


Diferencia entre «decir» y «mostrar» en un texto literario y entre decir y hablar

 

Decir y mostrar

            El escritor dispone de dos métodos principales para transmitir la información en un relato: decir y mostrar. Imaginemos que un autor quiera hacernos saber que uno de sus personajes ―Silvia― está contento. Podrá consignar ese dato directamente: "Silvia está contenta" o bien sugerirlo: "Silvia no deja de reír". En el primer caso, el escritor estará diciendo, en el segundo, mostrando. Imaginemos que un autor quiera que sepamos que uno de sus personajes ―Pedro― pertenecía a cierta clase social. Podrá decirnos sin rodeos "Pedro era pobre" o acudir al rodeo literario y escribir: "Pedro vestía harapos, dormía entre cartones y se alimentaba de mendrugos y sardinas". De nuevo, la primera frase responde a la estrategia de decir y la segunda a la de mostrar.

            . Cuando un escritor dice, la idea que pretende transmitir aparece en el texto directamente

            . Cuando un escritor muestra, la idea que pretende transmitir aparece en el texto sugerida

            Cuando un autor dice, utiliza principalmente términos abstractos; cuando muestra, se sirve, en cambio, de imágenes. Podemos constatarlo en los ejemplos anteriores. El contento o la pobreza son ideas que el autor concreta en imágenes cuando alude a la risa o a un hombre cobijado entre cartones. Como reza la frase hecha, el escritor convierte así a Silvia y Pedro, respectivamente, en la viva imagen del contento y de la pobreza.

            ¿Qué logra con ello? Dar la impresión de que entre el relato y el lector no existe prácticamente un mediador, de que nadie está contándole la historia al lector sino de que éste la está presenciando, como si estuviera inmerso en ella.

 

            Recurriendo a la estrategia de mostrar, el autor salva, asimismo, la distancia que media entre un texto meramente informativo y un texto literario. Si en el caso de una crónica ―y no consideramos aquí el periodismo literario―, el objetivo es transmitir datos del modo más directo posible, la intención del texto literario es comunicar de manera envolvente a la par que oblicua: no informar acerca de un mundo, sino hacer vívido un mundo posible.

 

            Los textos literarios en que prima la estrategia de mostrar consiguen así resultar más estimulantes para el lector, que ejercita su imaginación y su capacidad deductiva a medida que reconstruye el mundo que el autor le presenta. La lectura se convierte, entonces, en un acto creativo.

 

            ¿Qué hay que hacer, en síntesis, para mostrar? Dejar que los personajes actúen, hablen y piensen. Lejos de decir, por ejemplo, que sufren, debemos recurrir a acciones, diálogos y reflexiones que reflejen su sufrimiento. Hay, en fin, que huir de las abstracciones, evitando utilizar palabras como rabia, honestidad, verdad, odio, dolor, tristeza, celos, etc., y expresiones como "Recordaba con emoción", "Sentía calor", "Era feliz", "Notaba una gran angustia", "Era un hombre atormentado"...

 

            No queremos decir con todo lo anterior que deba huirse siempre de la estrategia de decir. Un texto en que todo esté mostrado puede resultar monótono y plano. Y, en numerosas ocasiones, lo que en un cuento o novela aparece descrito en términos abstractos está al servicio de mostrar una idea superior en la jerarquía de lo que se pretende transmitir. Una estrategia, en fin, no es mejor ni peor que la otra: se trata de saber administrarlas de acuerdo con lo que exige el relato en cada momento.

La diferencia entre "decir" y "mostrar"

            Veamos un texto en el que todo está dicho:

 

            Primer ejemplo:

                        Juan era un hombre gris y antipático, pero a Marta le parecía un auténtico caballero. Por fin, un día la invitó a cenar. Marta sintió que la felicidad la embargaba y se arregló lo mejor que pudo para parecerle atractiva. Pero cuando, nerviosa, se dirigía al restaurante donde habían quedado en verse empezó a dudar de la finalidad de la cita y un miedo terrible a hacer el ridículo la invadió.

 

            Comentario:

                        En este texto, el autor no permite que los lectores extraigamos nuestras propias conclusiones acerca del carácter y los sentimientos de los personajes. Directamente dice que Juan es gris y antipático; no lo hace actuar, no proporciona imágenes para que el lector resuelva que Juan es así o asá. La frase Marta sintió que la felicidad la embargaba nos dice que Marta se siente feliz, pero los lectores no la vemos feliz. Los lectores sabemos que Marta acude nerviosa al encuentro con Juan porque el autor nos lo dice, y lo mismo ocurre cuando ella empieza a dudar de la finalidad de la cita y se ve acosada por un miedo terrible a hacer el ridículo. Sin embargo, los lectores no revivimos ni el nerviosismo ni las dudas ni el pavor de Marta.

            Además de prescindir en lo posible de los verbos ser y sentir (Juan era...; Marta sintió que la felicidad...), la manera de conseguir que un texto no resulte demasiado dicho es sustituir las expresiones abstractas (gris, antipático, sentir felicidad, arreglarse, nerviosa, dudar, miedo a hacer el ridículo) por imágenes o, lo que es lo mismo, por acciones concretas que muestren el significado de tales expresiones.

 

            *Veamos cuál podría ser el resultado si el autor mostrara en lugar de decir:

 

            . Cómo es Juan:

                        Juan tenía siempre el semblante sombrío. Ante cualquier pregunta, respondía con monosílabos o sencillamente se hacía el sordo. Jamás miraba a los ojos de su interlocutor, y su sudorosa mano se aflojaba como una esponja cuando se veía obligado a estrechar la de un nuevo compañero de trabajo. Su vida se repartía entre su casa y la oficina, y los fines de semana los dedicaba a leer periódicos atrasados en su sofá de toda la vida y a tomar cervezas delante de la televisión.

 

            . La felicidad que Marta siente:

                        Juan no caía bien a nadie, excepto a Marta, quien veía en él a un auténtico caballero. Por fin, un día la invitó a cenar. Marta enrojeció al escuchar sus palabras; el corazón le latió con fuerza y no pudo evitar que una sonrisa insegura asomara a sus labios. Tragó saliva y acordaron el encuentro.

 

            . Cómo se arregla Marta:

                        Dos horas antes de la cita se bañó con sales perfumadas; luego, se aplicó una mascarilla hidratante en la cara. Se cepilló durante largo rato la melena, aunque finalmente se decidió por un recogido desenfadado. Se pintó los ojos, se rizó las pestañas, se perfiló los labios y se puso una falda ajustada y una blusa de seda algo transparente que reservaba para las grandes ocasiones.

            . Cómo acude al restaurante:

                        Dentro del taxi, camino del restaurante, se colocaba bien un mechón de pelo que había cambiado de lugar, se alisaba la falda y sacaba una y otra vez del bolso el espejo de mano para retocarse los labios.

 

            . Cómo duda de la finalidad de la cita:

                        De repente, cuando le faltaba una bocacalle para llegar al restaurante, cruzó por su cabeza la idea de que Juan quizá sólo quisiera hablarle del trabajo.

 

            . El miedo a hacer el ridículo:

                        Al bajar del taxi se observó en la luna de un escaparate: la falda le pareció demasiado estrecha y la blusa en exceso transparente.

 

            Segundo ejemplo:

 

                        En uno de los escarceos, la aferra y sofoca su boca con sus labios. La lengua trasciende los límites del beso y se dirige impaciente al cuello, los hombros, los pechos, imparable. Ella se abandona a las oleadas de excitación que intensifican la marea que la domina. El raciocinio, prepotente, permanece relegado a la espera entre bambalinas, mientras los sentidos, prima donna de esta representación, se adueñan del escenario.

 

            Comentario:

                        En la primera parte del párrafo, hasta imparable, las emociones están mostradas mediante imágenes. A partir de ahí todo esta dicho y nada mostrado. El lector no ve al personaje sintiendo cómo el raciocinio, prepotente, permanece relegado a la espera entre bambalinas; el narrador, simplemente, informa de lo que le ocurre a la protagonista.

 

Evitar la reiteración

 

            A menudo, el escritor cae en la tentación de dar la misma información dos veces, primero diciéndola y luego mostrándola, o la inversa. La información dicha ejerce entonces de anuncio o subtítulo de lo que se muestra. Ese error hace que el texto resulte redundante, cuando no plomizo. Y lo que es peor: el lector puede vivir como una afrenta a su inteligencia que se le explique algo por segunda vez. Salvo cuando el relato exija enfatizar un hecho, habrá que evitar esa clase de reiteraciones.

 

            Ejemplo:

                        María llevaba muchos días trabajando de firme. Se levantaba a las seis de la mañana y a las siete en punto estaba sentada delante del ordenador traduciendo el manuscrito de turno. No paraba hasta la hora de comer. Por las tardes trabajaba en un despacho de arquitectos, donde ejercía de secretaria, intérprete, relaciones públicas o lo que se terciara. Últimamente se sentía muy cansada. Le costaba un esfuerzo inmenso levantarse por las mañanas y ya no aguantaba tantas horas como antes delante del ordenador. Cometía errores y perdía tiempo volviendo atrás para corregirse. Hizo una pausa para descansar. Se levantó de la silla, se preparó un café con leche, encendió un cigarrillo y se quedó un rato de pie observando desde la ventana de su estudio el ajetreo de la calle. De repente, la invadió la tristeza al ver a un niño de la edad de su hijo jugando en el parque. Las lágrimas se le escaparon silenciosas y un nudo en la garganta le impidió terminar el café con leche. Le echaba de menos. Entró en la habitación del niño, miró la cama donde hasta no hacía mucho se sentaba cada noche para contarle un cuento y acarició su cara en el retrato que colgaba de la pared. No había tocado nada desde que su padre se lo había llevado, hacía ya un interminable mes. Desde entonces, no lo había vuelto a ver. En el juicio todos habían declarado contra ella. Sólo hablaron de los errores de su pasado, de su adicción a la bebida; nadie mencionó su recuperación, su presente: hacía más de un año que no probaba el alcohol. Pero no iba a resignarse. Había decidido que apelaría. Al día siguiente tenía una cita con un abogado que jamás había perdido un caso, y aunque tuviera que trabajar día y noche para pagarle, recuperaría a su hijo costase lo que costase.

 

            Comentario:

                        Todas las frases subrayadas del texto anterior dicen lo que las siguientes frases muestran. Por lo tanto, la misma idea parece inútilmente repetida. Veamos qué aspecto tendría el texto si el autor hubiera decidido sólo decir:

 

            María llevaba muchos días trabajando de firme. Últimamente se sentía muy cansada. Hizo una pausa para descansar y, de repente, la invadió la tristeza al ver a un niño de la edad de su hijo jugando en el parque. Le echaba de menos. En el juicio todos habían declarado contra ella; pero no iba a resignarse: recuperaría a su hijo costase lo que costase.

 

            Veamos cuál habría sido el resultado si el autor, en cambio, hubiera decidido sólo mostrar:

 

            María llevaba muchos días levantándose a las seis de la mañana. A las siete en punto estaba sentada delante del ordenador traduciendo el manuscrito de turno. No paraba hasta la hora de comer. Por las tardes trabajaba en un despacho de arquitectos, donde ejercía de secretaria, intérprete, relaciones públicas o lo que se terciara. Últimamente le costaba un esfuerzo inmenso levantarse por las mañanas y ya no aguantaba tantas horas como antes delante del ordenador. Cometía errores y perdía tiempo volviendo atrás para corregirse. Se levantó de la silla, se preparó un café con leche, encendió un cigarrillo y se quedó un rato de pie observando desde la ventana de su estudio el ajetreo de la calle. De repente, al ver a un niño de la edad de su hijo jugando en el parque, las lágrimas se le escaparon silenciosas y un nudo en la garganta no le dejó terminar el café con leche. Entró en la habitación del niño, miró la cama donde hasta no hacía mucho se sentaba cada noche para contarle un cuento y acarició su cara en el retrato que colgaba de la pared. No había tocado nada desde que su padre se lo había llevado hacía ya un interminable mes. Desde entonces, no lo había vuelto a ver. Quienes declararon en el juicio sólo habían hablado de los errores de su pasado, de su adicción a la bebida; nadie mencionó su recuperación, su presente: hacía más de un año que no probaba el alcohol. Pero había decidió que apelaría. Al día siguiente tenía una cita con un abogado que jamás había perdido un caso, y aunque tuviera que trabajar día y noche para pagarlo, recuperaría a su hijo.

 

La presencia del narrador

 

            Una de las características fundamentales que distingue la narrativa actual de la del siglo XIX es la voluntad de los autores de no hacerse presentes en el relato. Si los novelistas decimonónicos no tenían reparos en irrumpir en el texto para emitir juicios sobre personajes y situaciones, los escritores posteriores huyen, en general, de ese proceder, buscando que sea el lector quien juzgue, a partir de las acciones y reacciones de los personajes. Los textos en que el narrador juzga están, pues, lejos de la sensibilidad del lector actual y tienden a sonar anticuados.

 

 

            Primer ejemplo:

                        El matrimonio había llegado a una situación catastrófica. Sonia era una inmoral y Ramón, un calzonazos. Se engañaba a sí mismo constantemente porque era un cobarde que prefería compartir a su mujer con otros hombres antes que sentirse solo.

 

                       Comentario:

                        En el texto el narrador califica el matrimonio de Sonia y Ramón de catastrófico e intenta explicar la situación emitiendo juicios sobre los personajes: Sonia era una inmoral y Ramón, un calzonazos. Se engañaba a sí mismo constantemente porque era un cobarde... El lector no tiene oportunidad de extraer sus propias conclusiones, puesto que el narrador ya ha hecho el trabajo por él, presentando la información masticada y digerida. Si el narrador, por el contrario, hubiera presentado a Sonia y Ramón actuando, respectivamente, como una inmoral y un calzonazos, el lector se habría hecho una idea más viva de los personajes y habría podido emitir su propio juicio sobre ellos y la situación de su matrimonio.

 

            Segundo ejemplo:

                        Cuando abre el armario, un destello de colores sale despedido de la oscuridad que libera. Decenas de prendas, nada convencionales, nada discretas, cuelgan de la barra y se amontonan en las repisas sin doblar, algunas hechas un ovillo.

 

            Comentario:

                        El significado de los adjetivos convencional y discreta está sujeto en gran medida al parecer de quien los utiliza, con lo que es difícil tener la seguridad de que escritor y lector coinciden a la hora de aplicarlos. Si el narrador describiera las prendas ―en lugar de manifestar la opinión que le merecen―, el lector se haría una idea clara de lo que se le quiere transmitir y podría, en consecuencia, calibrar según sus criterios su convencionalismo y discreción.

                        Por el contrario, con la frase cuelgan de la barra y se amontonan en las repisas sin doblar, algunas hechas un ovillo, el autor nos muestra perfectamente que el personaje es desordenado, sin necesidad de decirlo o emitir juicio alguno al respecto.

 

 

Bibliografía: Cómo mejorar un texto literario, Alba Editorial. Guías del escrito.

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