sábado, 16 de febrero de 2013

06/10/09

Gabriel García Márquez, el colombiano inmortal

Imagen 1
¨Todo mundo es mi amigo desde que escribí ´Cien Años de Soledad´ pero nadie sabe lo que me costó llegar hasta allá. Una vez en París yo estaba en una fiesta en la casa de unos amigos que me ayudaban un poco. Después de la fiesta, la señora de la casa me pidió el favor de llevar la basura a la calle. Yo tenía tanta hambre que saqué algunas cosas de la basura y me las comí allí mismo¨, le confesó Gabriel García Márquez a su hermano Eligio sobre su estancia en Paris a mediados de la década del 50 del siglo pasado.

Pocas personas en este mundo habrán tenido la certidumbre sobre su verdadera vocación como Gabriel García Márquez.

En la biografía sobre nuestro premio Nobel de Literaruta ¨Gabriel García Márquez: una vida¨, libro que saldrá a la venta esta semana en Colombia, Gerald Martin narra detalladamente la tozudez y terquedad de ¨Gabo¨ por escribir.

Gabriel García Márquez durmió en bancas de parques a la intemperie, hasta pasó una semana sin probar bocado en París por no tener dinero para comer, inclusive, una noche en México, ya casado, su hijo mayor fue a la cama sin su tetero. Pero al mismo tiempo que pasaba todas estas necesidades, García Márquez estudiaba a los clásicos de la literatura, escribía novelas y cuentos cortos tratando de encontrar un estilo, o esa manera de plasmar su mundo en palabras.

Años en el periodismo, años en el cine, en agencias de publicidad, hasta que por fin encontró la clave para plasmar los cuentos que escuchó en su niñez y amalgamarlos con la poesía en un entorno moderno.

La vida de Gabriel García Márquez es la historia de una vida hecha a pulso, pasando todo tipo de necesidades tanto económicas como sociales en esta Colombia muy dada a prejuzgar, a excluir, y hasta a segregar, a todo aquel que no venga de los grandes apellidos o ciudades. Curiosamente la fama le llegó en otro país desde otro país que no fue el nuestro: en México desde la Argentina. El libro muestra cómo aún después de haber recibido el premio Nobel de Literatura, el escritor de fama mundial era rechazado por gran parte del establecimiento colombiano.

García Márquez no tuvo más elementos que el coraje, la determinación, la ambición, la inteligencia y la disciplina por ser un buen escritor. El premio Nobel de Literatura enfrentó cada uno de los obstáculos de la vida con gran estoicismo y como si supiera que estaba destinado para grandes cosas: simplemente había que esperar el momento para cristalizar toda esa imaginación y conocimiento que quería brotar de su mente.

Después de ¨Cien años de Soledad¨, a sus 40 años de edad, llegó lo que todos sabemos: la fama, la gloria, el poder, el reconocimiento, las controversias por sus posiciones ideológicas, sus contradicciones sobre diversos hechos de su vida, más libros bellamente escritos y construidos (cuando todos pensaban que después de ¨Cien años de Soledad¨ no podría haber algo parecido), más cuentos, y mucho que hablar.

Martin pasó 17 años entrevistando al propio Gabriel García Márquez y a cada una de las personas que pudieron aportar algún dato nuevo sobre la vida del Nobel. El biógrafo escudriñó las propias obras de García Márquez, columnas de opinión, ensayos, todo lo que sobre él se ha escrito.

El libro narra toda su vida: incluso desde antes de nacer hasta el homenaje por sus 80 años de vida en Cartagena. Sus ilusiones, sus miedos, sus temores, sus ideas políticas, sus gustos, sus disgustos, sus alegrías, sus tristezas, sus influencias literarias y personales, como el título lo dice: una vida.

Al final de la obra, siempre cronológica, Martin nos relata la enfermedad que aqueja a García Márquez y que siempre ha estado oculta para gran parte de los colombianos: la perdida de la memoria.

El biógrafo cuenta como en una de sus últimas reuniones con el Nobel en ciudad de México con miras a terminar la biografía, el Nobel estaba triste porque su enfermedad no le dejaba escribir más. ¨He escrito suficiente, ¿no lo he hecho?. La gente no puede estar decepcionada, ellos no pueden esperar más de mí, ¿o sí?¨, le confesó García Márquez.

Después García Márquez le comentó: ¨¿Sabes una cosa? algunas veces me deprimo¨. Su biógrafo le preguntó el por qué, y García Márquez respondió: ¨Al darme cuenta que todo esto va a llegar a su fin¨.

Lo importante no es llegar a la cumbre sino mirar desde dónde se comenzó a escalarla y Gabriel García Márquez la comenzó desde las profundidades de la miseria y la falta de oportunidades para convertirse en el único colombiano inmortal cuyas obras serán leídas y admiradas hasta el fin de los tiempos.


pedvar1970@gmail.com

Gabriel García Márquez, el colombiano inmortal

Gabriel García Márquez, el colombiano inmortal

Imagen 1
¨Todo mundo es mi amigo desde que escribí ´Cien Años de Soledad´ pero nadie sabe lo que me costó llegar hasta allá. Una vez en París yo estaba en una fiesta en la casa de unos amigos que me ayudaban un poco. Después de la fiesta, la señora de la casa me pidió el favor de llevar la basura a la calle. Yo tenía tanta hambre que saqué algunas cosas de la basura y me las comí allí mismo¨, le confesó Gabriel García Márquez a su hermano Eligio sobre su estancia en Paris a mediados de la década del 50 del siglo pasado.

Pocas personas en este mundo habrán tenido la certidumbre sobre su verdadera vocación como Gabriel García Márquez.

En la biografía sobre nuestro premio Nobel de Literaruta ¨Gabriel García Márquez: una vida¨, libro que saldrá a la venta esta semana en Colombia, Gerald Martin narra detalladamente la tozudez y terquedad de ¨Gabo¨ por escribir.

Gabriel García Márquez durmió en bancas de parques a la intemperie, hasta pasó una semana sin probar bocado en París por no tener dinero para comer, inclusive, una noche en México, ya casado, su hijo mayor fue a la cama sin su tetero. Pero al mismo tiempo que pasaba todas estas necesidades, García Márquez estudiaba a los clásicos de la literatura, escribía novelas y cuentos cortos tratando de encontrar un estilo, o esa manera de plasmar su mundo en palabras.

Años en el periodismo, años en el cine, en agencias de publicidad, hasta que por fin encontró la clave para plasmar los cuentos que escuchó en su niñez y amalgamarlos con la poesía en un entorno moderno.

La vida de Gabriel García Márquez es la historia de una vida hecha a pulso, pasando todo tipo de necesidades tanto económicas como sociales en esta Colombia muy dada a prejuzgar, a excluir, y hasta a segregar, a todo aquel que no venga de los grandes apellidos o ciudades. Curiosamente la fama le llegó en otro país desde otro país que no fue el nuestro: en México desde la Argentina. El libro muestra cómo aún después de haber recibido el premio Nobel de Literatura, el escritor de fama mundial era rechazado por gran parte del establecimiento colombiano.

García Márquez no tuvo más elementos que el coraje, la determinación, la ambición, la inteligencia y la disciplina por ser un buen escritor. El premio Nobel de Literatura enfrentó cada uno de los obstáculos de la vida con gran estoicismo y como si supiera que estaba destinado para grandes cosas: simplemente había que esperar el momento para cristalizar toda esa imaginación y conocimiento que quería brotar de su mente.

Después de ¨Cien años de Soledad¨, a sus 40 años de edad, llegó lo que todos sabemos: la fama, la gloria, el poder, el reconocimiento, las controversias por sus posiciones ideológicas, sus contradicciones sobre diversos hechos de su vida, más libros bellamente escritos y construidos (cuando todos pensaban que después de ¨Cien años de Soledad¨ no podría haber algo parecido), más cuentos, y mucho que hablar.

Martin pasó 17 años entrevistando al propio Gabriel García Márquez y a cada una de las personas que pudieron aportar algún dato nuevo sobre la vida del Nobel. El biógrafo escudriñó las propias obras de García Márquez, columnas de opinión, ensayos, todo lo que sobre él se ha escrito.

El libro narra toda su vida: incluso desde antes de nacer hasta el homenaje por sus 80 años de vida en Cartagena. Sus ilusiones, sus miedos, sus temores, sus ideas políticas, sus gustos, sus disgustos, sus alegrías, sus tristezas, sus influencias literarias y personales, como el título lo dice: una vida.

Al final de la obra, siempre cronológica, Martin nos relata la enfermedad que aqueja a García Márquez y que siempre ha estado oculta para gran parte de los colombianos: la perdida de la memoria.

El biógrafo cuenta como en una de sus últimas reuniones con el Nobel en ciudad de México con miras a terminar la biografía, el Nobel estaba triste porque su enfermedad no le dejaba escribir más. ¨He escrito suficiente, ¿no lo he hecho?. La gente no puede estar decepcionada, ellos no pueden esperar más de mí, ¿o sí?¨, le confesó García Márquez.

Después García Márquez le comentó: ¨¿Sabes una cosa? algunas veces me deprimo¨. Su biógrafo le preguntó el por qué, y García Márquez respondió: ¨Al darme cuenta que todo esto va a llegar a su fin¨.

Lo importante no es llegar a la cumbre sino mirar desde dónde se comenzó a escalarla y Gabriel García Márquez la comenzó desde las profundidades de la miseria y la falta de oportunidades para convertirse en el único colombiano inmortal cuyas obras serán leídas y admiradas hasta el fin de los tiempos.


pedvar1970@gmail.com

viernes, 15 de febrero de 2013

Biografía de Gabriel García Márquez


Biografía


Con su hijo, Gonzalo, y su exposa, Mercedes (Gamma-Liaison)


Gabriel José García Márquez nació en Aracataca (Colombia) en 1928. Cursó estudios secundarios en San José a partir de 1940 y finalizó su bachillerato en el Colegio Liceo de Zipaquirá, el 12 de diciembre de 1946. Se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cartagena el 25 de febrero de 1947, aunque sin mostrar excesivo interés por los estudios. Su amistad con el médico y escritor Manuel Zapata Olivella le permitió acceder al periodismo. Inmediatamente después del "Bogotazo" (el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, las posteriores manifestaciones y la brutal represión de las mismas), comenzaron sus colaboraciones en el periódico liberal El Universal, que había sido fundado el mes de marzo de ese mismo año por Domingo López Escauriaza.

Había comenzado su carrera profesional trabajando desde joven para periódicos locales; más tarde residiría en Francia, México y España. En Italia fue alumno del Centro experimental de cinematografía. Durante su estancia en Sucre (donde había acudido por motivos de salud), entró en contacto con el grupo de intelectuales de Barranquilla, entre los que se contaba Ramón Vinyes, ex propietario de una librería que habría de tener una notable influencia en la vida intelectual de los años 1910-20, y a quien se le conocía con el apodo de "el Catalán" -el mismo que aparecerá en las últimas páginas de la obra más célebre del escritor, Cien años de soledad (1967). Desde 1953 colabora en el periódico de Barranquilla El nacional: sus columnas revelan una constante preocupación expresiva y una acendrada vocación de estilo que refleja, como él mismo confesará, la influencia de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Su carrera de escritor comenzará con una novela breve, que evidencia la fuerte influencia del escritor norteamericano William Faulkner: La hojarasca (1955). La acción transcurre entre 1903 y 1928 (fecha del nacimiento del autor) en Macondo, mítico y legendario pueblo creado por García Márquez. Tres personajes, representantes de tres generaciones distintas, desatan -cada uno por su cuenta- un monólogo interior centrado en la muerte de un médico que acaba de suicidarse. En el relato aparece la premonitoria figura de un viejo coronel, y "la hojarasca" es el símbolo de la compañía bananera, elementos ambos que serían retomados por el autor en obras sucesivas.

En 1961 publicó El coronel no tiene quien le escriba, relato en que aparecen ya los temas recurrentes de la lluvia incesante, el coronel abandonado a una soledad devastadora, a penas si compartida por su mujer, un gallo, el recuerdo de un hijo muerto, la añoranza de batallas pasadas y... la miseria. El estilo lacónico, áspero y breve, produce unos resultados sumamente eficaces. En 1962 reúne algunos de sus cuentos -ocho en total- bajo el título de Los funerales de Mamá Grande, y publica su novela La mala hora.

Pero toda la obra anterior a Cien años de soledad es sólo un acercamiento al proyecto global y mucho más ambicioso que constituirá justamente esa gran novela. En efecto, muchos de los elementos de sus relatos cobran un interés inusitado al ser integrados en Cien años de soledad. En ella, Márquez edifica y da vida al pueblo mítico de Macondo (y la legendaria estirpe de los Buendía): un territorio imaginario donde lo inverosímil y mágico no es menos real que lo cotidiano y lógico; este es el postulado básico de lo que después sería conocido como realismo mágico. Se ha dicho muchas veces que, en el fondo, se trata de una gran saga americana. Macondo podría representar cualquier pueblo, o mejor, toda Hispanoamérica: a través de la narración, asistimos a su fundación, a su desarrollo, a la explotación bananera norteamericana, a las revoluciones, a las contrarrevoluciones... En suma, una síntesis novelada de la historia de las tierras latinoamericanas. En un plano aún más amplio puede verse como una parábola de cualquier civilización, de su nacimiento a su ocaso.

Tras este libro, el autor publicó la que, en sus propias palabras, constituiría su novela preferida: El otoño del patriarca (1975), una historia turbia y cargada de tintes visionarios acerca del absurdo periplo de un dictador solitario y grotesco. Albo más tarde, publicaría los cuentos La increíble historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1977), y Crónica de una muerte anunciada (1981), novela breve basada en un suceso real de amor y venganza que adquiere dimensiones de leyenda, gracias a un desarrollo narrativo de una precisión y una intensidad insuperables. Su siguiente gran obra, El amor en los tiempos del cólera, se publicó en 1987: se trata de una historia de amor que atraviesa los tiempos y las edades, retomando el estilo mítico y maravilloso. Una originalísima y gran novela de amor, que revela un profundo conocimiento del corazón humano. Pero es mucho más que eso, debido a la multitud de episodios que se entretejen con la historia central, y en los que brilla hasta lo increíble la imaginación del autor.

En 1982 le había sido concedido, no menos que merecidamente, el Premio Nobel de Literatura. Una vez concluida su anterior novela vuelve al reportaje con Miguel Littin, clandestino en Chile (1986), escribe un texto teatral, Diatriba de amor para un hombre sentado (1987), y recupera el tema del dictador latinoamericano en El general en su laberinto (1989), e incluso agrupa algunos relatos desperdigados bajo el título Doce cuentos peregrinos (1992). Nuevamente, en sus últimas obras, podemos apreciar la conjunción de la novela amorosa y sentimental con el reportaje: así en Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1997). Ha publicado también libros de crónicas, guiones cinematográficos y varios volúmenes de recopilación de sus artículos periodísticos: Textos costeños, Entre cachacos, Europa y América y Notas de prensa.

Recientemente, la editorial Alfaguara ha publicado una completa biografía de Gabriel García Márquez, Viaje a la semilla, de Dasso Saldívar. Finalmente, a quien le interese la voz directa de García Márquez, podrá consultar el libro de entrevistas El olor de la papaya (1982). O, mejor aún, los sucesivos tomos que constituirían la extensa autobiografía del autor, Vivir para contarlo, cuyo ejercicio, según el propio García Márquez constituye, básicamente, una garantía para mantener "el brazo caliente" entre dos novelas.

Biografía de Gabriel García Márquez


Biografía


Con su hijo, Gonzalo, y su exposa, Mercedes (Gamma-Liaison)


Gabriel José García Márquez nació en Aracataca (Colombia) en 1928. Cursó estudios secundarios en San José a partir de 1940 y finalizó su bachillerato en el Colegio Liceo de Zipaquirá, el 12 de diciembre de 1946. Se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cartagena el 25 de febrero de 1947, aunque sin mostrar excesivo interés por los estudios. Su amistad con el médico y escritor Manuel Zapata Olivella le permitió acceder al periodismo. Inmediatamente después del "Bogotazo" (el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, las posteriores manifestaciones y la brutal represión de las mismas), comenzaron sus colaboraciones en el periódico liberal El Universal, que había sido fundado el mes de marzo de ese mismo año por Domingo López Escauriaza.

Había comenzado su carrera profesional trabajando desde joven para periódicos locales; más tarde residiría en Francia, México y España. En Italia fue alumno del Centro experimental de cinematografía. Durante su estancia en Sucre (donde había acudido por motivos de salud), entró en contacto con el grupo de intelectuales de Barranquilla, entre los que se contaba Ramón Vinyes, ex propietario de una librería que habría de tener una notable influencia en la vida intelectual de los años 1910-20, y a quien se le conocía con el apodo de "el Catalán" -el mismo que aparecerá en las últimas páginas de la obra más célebre del escritor, Cien años de soledad (1967). Desde 1953 colabora en el periódico de Barranquilla El nacional: sus columnas revelan una constante preocupación expresiva y una acendrada vocación de estilo que refleja, como él mismo confesará, la influencia de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Su carrera de escritor comenzará con una novela breve, que evidencia la fuerte influencia del escritor norteamericano William Faulkner: La hojarasca (1955). La acción transcurre entre 1903 y 1928 (fecha del nacimiento del autor) en Macondo, mítico y legendario pueblo creado por García Márquez. Tres personajes, representantes de tres generaciones distintas, desatan -cada uno por su cuenta- un monólogo interior centrado en la muerte de un médico que acaba de suicidarse. En el relato aparece la premonitoria figura de un viejo coronel, y "la hojarasca" es el símbolo de la compañía bananera, elementos ambos que serían retomados por el autor en obras sucesivas.

En 1961 publicó El coronel no tiene quien le escriba, relato en que aparecen ya los temas recurrentes de la lluvia incesante, el coronel abandonado a una soledad devastadora, a penas si compartida por su mujer, un gallo, el recuerdo de un hijo muerto, la añoranza de batallas pasadas y... la miseria. El estilo lacónico, áspero y breve, produce unos resultados sumamente eficaces. En 1962 reúne algunos de sus cuentos -ocho en total- bajo el título de Los funerales de Mamá Grande, y publica su novela La mala hora.

Pero toda la obra anterior a Cien años de soledad es sólo un acercamiento al proyecto global y mucho más ambicioso que constituirá justamente esa gran novela. En efecto, muchos de los elementos de sus relatos cobran un interés inusitado al ser integrados en Cien años de soledad. En ella, Márquez edifica y da vida al pueblo mítico de Macondo (y la legendaria estirpe de los Buendía): un territorio imaginario donde lo inverosímil y mágico no es menos real que lo cotidiano y lógico; este es el postulado básico de lo que después sería conocido como realismo mágico. Se ha dicho muchas veces que, en el fondo, se trata de una gran saga americana. Macondo podría representar cualquier pueblo, o mejor, toda Hispanoamérica: a través de la narración, asistimos a su fundación, a su desarrollo, a la explotación bananera norteamericana, a las revoluciones, a las contrarrevoluciones... En suma, una síntesis novelada de la historia de las tierras latinoamericanas. En un plano aún más amplio puede verse como una parábola de cualquier civilización, de su nacimiento a su ocaso.

Tras este libro, el autor publicó la que, en sus propias palabras, constituiría su novela preferida: El otoño del patriarca (1975), una historia turbia y cargada de tintes visionarios acerca del absurdo periplo de un dictador solitario y grotesco. Albo más tarde, publicaría los cuentos La increíble historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1977), y Crónica de una muerte anunciada (1981), novela breve basada en un suceso real de amor y venganza que adquiere dimensiones de leyenda, gracias a un desarrollo narrativo de una precisión y una intensidad insuperables. Su siguiente gran obra, El amor en los tiempos del cólera, se publicó en 1987: se trata de una historia de amor que atraviesa los tiempos y las edades, retomando el estilo mítico y maravilloso. Una originalísima y gran novela de amor, que revela un profundo conocimiento del corazón humano. Pero es mucho más que eso, debido a la multitud de episodios que se entretejen con la historia central, y en los que brilla hasta lo increíble la imaginación del autor.

En 1982 le había sido concedido, no menos que merecidamente, el Premio Nobel de Literatura. Una vez concluida su anterior novela vuelve al reportaje con Miguel Littin, clandestino en Chile (1986), escribe un texto teatral, Diatriba de amor para un hombre sentado (1987), y recupera el tema del dictador latinoamericano en El general en su laberinto (1989), e incluso agrupa algunos relatos desperdigados bajo el título Doce cuentos peregrinos (1992). Nuevamente, en sus últimas obras, podemos apreciar la conjunción de la novela amorosa y sentimental con el reportaje: así en Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1997). Ha publicado también libros de crónicas, guiones cinematográficos y varios volúmenes de recopilación de sus artículos periodísticos: Textos costeños, Entre cachacos, Europa y América y Notas de prensa.

Recientemente, la editorial Alfaguara ha publicado una completa biografía de Gabriel García Márquez, Viaje a la semilla, de Dasso Saldívar. Finalmente, a quien le interese la voz directa de García Márquez, podrá consultar el libro de entrevistas El olor de la papaya (1982). O, mejor aún, los sucesivos tomos que constituirían la extensa autobiografía del autor, Vivir para contarlo, cuyo ejercicio, según el propio García Márquez constituye, básicamente, una garantía para mantener "el brazo caliente" entre dos novelas.

Foto histórica de Eutiquio Leal y Jorge E. Pardo

BLOG: Jorge Eliécer Pardo —novelista colombiano—

domingo, 3 de febrero de 2013


Cuento
 
La Casa

 
Leonardo Gutiérrez Berdejo *

 
La lluvia incesante de la tarde me hace caer en cuenta que es abril. Sin paraguas como estoy, entro con rapidez a mi casa, porque he oído decir que la lluvia que cae en estos tiempos es ácida y no quiero mojarme. A lo mejor es cierto y, cómo no se en qué consiste eso, de todos modos, la evito. Encuentro tiradas sobre el piso varias cartas y una hoja de papel con algunas líneas manuscritas. Levanto la hoja a medio escribir y la pongo sobre el escritorio. Después de varios días de un voluntario encerramiento, observo como las lluvias comienzan a azotar los techos polvorientos de las casas vecinas a las que yo, desde mi ventana, miro con inusitada atención, aún cuando me encuentro ensimismado en viejos recuerdos. El agua que cae no es limpia, no es como la de esos muchos años, me digo. Va a ser cierto esa puta vaina de la lluvia ácida.  

 
La lectura de la carta me lleva a olvidarme de la lluvia ácida y ahora me encuentro con que ya he escrito diez o doce líneas más y quiero continuar, no quiero detenerme: …lo primero que quiero hacerte saber es que tu hermano, nos ha comentado a tu madre y a mí, un asunto que te viene inquietando y que merece toda la atención. Me refiero a la visa que el gobierno de ese país que has escogido te ha negado. Se, lo importante que es para ti tal asunto; tampoco, de ese asunto de visas, estoy enterado; pero, aunque nada sepa de tal asunto, quiero decirte que mientras eso no dependa de ti, no tienes porque preocuparte. Si el gobierno te la ha negado, puede ser una oportunidad única y valiosa para que vuelvas al pueblo que te vio nacer. Miro el ancho corredor que conduce del patio a la sala y aún veo los libros y los viejos juguetes regados por el suelo como si acabaras de entrar a la casa de regreso del colegio. Tu maletín de cuero curtido, que tanto te acompañó al colegio y a la universidad, yace colgado del clavo grande que está en el madero grueso que sostiene el techo del corredor. No se cuantos años tiene ese techo ya. Ah! maderas estas que salían de esos viejos árboles que retaban el tiempo y amenazaba con hurgar el cielo límpido de todas las mañanas, tardes y noches, decía tu abuelo, dándole sonoros golpecitos con los nudillos de la mano derecha al grueso madero que estaba al alcance de la mano, si el brazo se estiraba hacia arriba. No importa la época que fuera del año, el cielo siempre estaba despejado y los árboles parecía que alguien hubiese pintado de verde las hojas para siempre. Decía tu abuelo y, lo repetía sin cesar: ¡si que dan ganas de respirar con este cielo así! Hinchaba luego el pecho como si hubiese aspirado todo el aire del pueblo y, tú soltabas, entonces, las carcajadas de niño que quedaron flotando para siempre en la casa y, aún hoy, después de muchos años, parecen todavía flotar en el ambiento, alegrando nuestras charlas mañaneras y verpertinas. Y aunque las carcajadas están ahí acompañando, faltas tú. No es lo mismo.

 
Tu cuarto sigue igual. Tu madre, todos los días lo limpia y, veces, lo desordena intencional y concientemente  para creer que aún sigues ahí. Riendo y gritando como siempre, me digo a veces, pero tus gritos no nos fastidiaron nunca, ni a tu madre ni a mí. Tampoco nos causaron malestar alguno. No eran, ni son hoy tampoco, como esos ruidos estrepitosos de los potentes “picots” que iban amarrados con cabuyas en la parte trasera de los lujosos camperos, con placas camufladas o distintas cada vez que pasaban infaltables por las noches de cada viernes y de cada sábado, acompañando las caravanas de caballo de paso fino  de esos paisas que llegaron, yo no se donde, ni de qué tierras, pero que aparecieron un día en el pueblo y, aunque algunos de ellos se iban, otros venían y así nadie nunca podía reconocer a alguien.  Esos que se iban y, aún los que se quedaban, era como si la tierra se los tragara en los otros días pero, los viernes y los sábados en la noche sagradamente,  recorrían, con las recientes y escasas luces de neón, recuerdas, estrechas y largas calles, llenas de tierra, del pueblo en las que tú jugaste y creciste. Ellos aparecían de la nada pero, sí que sabían cómo montar a caballos, recuerdas? En perfecta alineación, cuál ejecitos bien entrenados llevaban sobre sus cabezas enormes sombreros de paja que les tapaba casi media cara y en el cinto, largos revólveres que les colgaban hasta las rodillas, alborotaban la vida, hasta entonces tranquila, del pueblo. Con licencia, decía la policía pero, esto nadie lo podía ni lo quería comprobar. Con los jinetes, en la misma silla, iban también hermosas mujeres, todas ellas modelos llegadas de las más alejadas partes del país pero, especialmente, de la capital del país. Muy escasamente ataviadas, algunas iban en las ancas de los caballos y abrazaban a los jinetes por la cintura. Las que iban en la silla, se mostraban luciendo sus anchos escotes de sus blusas que dejaban ver sus grandes tetas doradas por el sol de las piscinas. Algunas de ellas ó, quizás todas, eran desconocidas, para la gente del pueblo, pero muchas personas creían reconocerlas porque, al parecer, las habían visto, quizás alguna vez, en la portada de una las más famosas revistas de política que llegaba al pueblo. Yo no puedo asegurar nada, porque casi siempre los carros apenas se acercaban con su ensordecedor ruido, tu madre, la misma que te parió y te desordena el cuarto para hacerse creer que tú estás ahí,  nos metía a empellones para dentro de la casa. Tú te tirabas, entonces, a llorar en el suelo frío de la casa pero tu madre era inflexible en esto, desde aquella vez que una de estas mujeres te alzó, para llevarte con ella a pasear en el caballo. En esa ocasión tu madre, cuando se dio cuenta, salió de la casa corriendo detrás del caballo gritando como una loca para que te bajaran, hasta que lo logró. Dijo, entonces, que eso bastaba para que tú quedaras para siempre impregnado del estigma satánico de las putas y de la maligna influencia que rodea a esas mujeres. Contaminan el ambiente, gritaba algunas veces pero, tú no entendías nada de lo que ella decía. Cuando te bajaron del caballo, tu serena cara lucía una sonrisa de satisfacción que nunca podré olvidar. Yo me pregunté entonces que por qué carajos no me alzó a mí.   

Tus libros siguen ahí en el estante que construiste con algunos de tus amigos. Que borrachera esa que se pegaron cuando la terminaron y permanecieron viéndola y analizándola casi toda la noche para contarles uno a uno todos los defectos que le dejaron. Pero ahí está, pintada con el mismo color y con tus libros y tus medallas que te ganaste en las diferentes competencias en las que participaste. A veces tengo ganas de esconderlas porque cada vez que las veo te veo volando, no corriendo, en esa ocasión en la que participaste en esos cien metros vallas y dejaste a todos tirados atrás. !Que carrera esa! 

Ocasionalmente bajo a la finca. Me resisto a ir seguido porque cada vez que bajo, tu recuerdo me asalta en cada paso que doy por ella. Cuantos proyectos se vinieron abajo. Recuerdas que habíamos proyectado alguna vez hacer de este pedazo de tierra un pequeño paraíso: sembrar muchos árboles y traer animales de todas las especies para que hicieran toda la bulla del mundo para que apagaran los ruidos infernales de las cuatro por cuatro que cruzan la carretera. El arroyo que atraviesa la finca sigue moribundo y triste como yo y como tu madre. Permanece una parte del seco porque los terratenientes de más arriba lo taponaron para quedarse con toda el agua. Hoy, escasamente tiene agua pero la poca que pasa es aún suficiente para nosotros y para los animales  y para que refresque el ambiente. Yo me cansé de joder ante la alcaldía porque ese “hijuepta” del  alcalde se la pasa tomando whisky  todos los días con otros políticos del pueblo pensando en la  reelección del presidente, que ya va para la cuarta vez. Miro la sala y te veo departiendo con tus amigos y oyendo esa música de Rolando Laserie y Nelson Pinedo que aprendiste a escuchar desde cuando eras niño. No me importa que varias veces partieran los vasos y derramaran el trago en el piso, a mí me importaba más tu risa y los chistes aquellos que recordaban del profesor aquel que se creía el mejor del mundo y hasta les oí decir en una ocasión que él se creía mejor que un tal Albert Einsten, un sabio que había vivido por allá en Europa y había descubierto no se que vainas sobre la relatividad y el espacio. No te imaginas lo mucho que yo gozaba con esos chistes. Cómo nos haces falta, hijo. Yo creo que nos haces falta más a nosotros que al propio país al que le estás sirviendo y que te está negando la visa. He sabido que la contaminación en ese país es elevada porque el gobierno se niega a creer que exista tal problema y no ha firmado ningún compromiso en tal sentido para remediar la situación. Recuerda que a ti te hace daño el humo de los carros y un ambiente muy contaminado, desde aquella vez en que te ordenaron una cirugía en las vías respiratorias por una infección como consecuencia de la contaminación en la ciudad en la que estudiaste y del vicio del cigarrillo.   Eso fue cuando, ese amigo tuyo con el que trabajaste, te prendió el vicio y tú sabías que se fumaba entre tres o cuatro paquetes de cigarrillos al día, decía él que por la ansiedad de sus menesteres diarios, pero, todo sabían que también era por la preocupación que lo embargaba por lo que venía sucediendo con su mujer, una hermosa mujer extranjera que permanecía aburrida por las ausencias múltiples a otras partes del mundo.

Yo se que con tu regreso, la casa renacerá, nuevamente tendrá el color radiante que tuvo cuando tu eras niño, los pasillos se alegrarán de nuevo y el jardín florecerá como siempre lo hacía cada año. Todos tus amigos vendrán otra vez a visitarte y, de nuevo, la  casa se llenará de gente que te conoce y te quiere. Yo se que todo cambiará pero, no, no creo que esto sea posible. Tu debes seguir el camino que te has trazado y la casa tendrá, tiene que tener que el mismo destino de todas las casas cuando los abuelos y los padres. Ellas también, como los hombres mueren. 

 

 ·        Economista. Profesor Universitario

·        Miembro del Taller Gabriel García Márquez.

El Baúl. Cuento


Cuento
El Baúl

Leonardo Gutiérrez Berdejo
 
Cuando lo veo sentado, casi inmóvil, en esa mecedora de madera color café, la misma en la que siempre se acomodó para tratar alguna vez de referirme una historia, me es difícil creer que él perdiera totalmente la memoria y se le hayan borrado los recuerdos. Acomodado en ese viejo mecedor, del que brotan agudos y zigzagueantes chirridos, parece contarse él mismo misteriosas y lejanas vivencias nacidas de los laberintos de su mente, y, aunque los recuerdos no afloran, éstos parecen flotar y girar y girar, una y otra vez, a su alrededor. Se muestra, por lo común, descansando con la mirada profunda, posándola aquí y allá; quizá cabalgando, con el ocaso de cada tarde y de los años, por todos los sitios recorridos en su vida y en otros recuerdos jamás conocidos. No me explico el porqué de su mirada fija sobre la puerta que da hacia una de las calles del pueblo y permanece casi siempre abierta.

Es una de las calles más concurridas, a menudo bulliciosa y polvorienta. Algo me dice que es como si estuviera esperando a que alguien entre por esa desvencijada puerta. Pero ese alguien no llega y tal vez no llegará jamás. Su mirada se posa intrigante sobre un viejo baúl situado en un rincón de la amplia sala donde siempre está.

A veces presiento que es a su esposa a quien espera, pero ella hace ya algún tiempo que murió, y él, además, ya está desmemoriado por completo. A veces él la llama repetida y lastimeramente, quizá para contarle lo que siempre calló. Me da tristeza verlo así pero pronto me hundo en otras cavilaciones alrededor de su fija mirada y sobre el viejo baúl de madera, diseñado con incrustaciones en cuero y de aproximadamente un metro de largo por setenta centímetros de ancho y cincuenta de alto. Me pregunto: ¿Por qué posa una y otra vez su mirada inquisitiva sobre ese misterioso baúl? ¿Qué secretos guarda? Muchas veces he querido abrirlo sin que él se dé cuenta, pero una voz interior me lo impide.

Se muestra débil y cansado por los años que lleva recorridos, pero hasta no hace mucho él no era así. Había sido un hombre corpulento, tal vez de un metro con ochenta y cinco centímetros, de piel tostada; así al menos lo imagino cuando presumo haberlo conocido, siendo él joven para entonces. Pero esto no puede ser cierto. En alguna oportunidad su piel fue blanca; su mirada severa, abundantes sus cabellos y las cejas pobladas, que en todo momento le daban un aire de persona preocupada por la vida y por los demás. Así, al menos, lo pintó alguien en una ocasión. Muchos en el pueblo lo buscaban para preguntarle sobre las cosas más insospechadas, y nunca se supo que se le haya negado a alguien cuando de ofrecer una respuesta o de servir a los demás se trataba.

Había aprendido y realizado varios oficios y no sólo los aprendió y los hizo para sobrevivir sino también por un afán desmedido por conocer las explicaciones y los secretos que encierran las cosas o la vida. Siempre usó herramientas manuales, casi todas elaboradas por él mismo, y trabajaba sin descanso cuando así lo requerían las circunstancias, desde la madrugada hasta bien entrada la noche, alumbrándose tan solo con mechones elaborados con latas viejas o botellas vacías que él mismo conseguía por ahí, andando, y que luego llenaba de petróleo y a las que les introducía una mecha de algodón o de cualquier otra fibra, cosa que al empaparse el trapo que había metido en la botella o en la lata podía prender fácilmente con una cerilla. Hay señales que indican que fue en esos tiempos cuando pudo haber hecho el baúl. Muchos afirman también que él perdió la memoria el día en que se encendieron, muchos años después, las primeras lámparas eléctricas en el pueblo, pero eso, estoy seguro, no fue así. La mayoría de las personas cree que la explicación o las respuestas a su aguda y permanente amnesia está en ese viejo baúl que nadie puede abrir. Yo también así lo creo.

Todo ocurrió, se dice, cuando conoció a esa mujer que él creyó era la de su vida y con la cual se fugó una noche en la que el grupo Cumbialé, justo a las nueve de la noche, iniciaba la primera tanda de canciones. Eso fue cuando los instrumentos del grupo, dos tamboras, dos gaitas –una hembra y otra macho–, la guacharaca de caña de corozo, la flauta de millo y el par de maracas, interpretados magistralmente por el grupo, dejaron escuchar los diversos sones de la región. Las tamboras parecían retumbar en todo el mundo con una armonía indescriptible, y sus sones parecían colarse furtiva y agrestemente por entre las rendijas de las puertas y las ventanas de las casas. Las gaitas, unas veces gemían, otras se lamentaban, pero las más de las veces dejaban oír sus sones alegres y bullangueros que reclamaban insistentes a las mujeres que movieran sus apretadas caderas, que en esa noche, con lujuriosa furia, mejor lucían. Suku, bonche, chandé, bullerengue, cumbia, eran los sones más bailados por una veintena de parejas, entre las cuales estaba el abuelo con la novia del inspector de policía. Sus manos recorrían, en medio del tumulto, las agraciadas caderas de la mujer, que se movía armoniosamente y con garbo sin límite, al tiempo que mostraba una ancha sonrisa que reflejaba la satisfacción de tener en sus caderas las manos grandes del abuelo. Las polleras, unas de lino y otras de popelina, se alzaban con cada voltereta que las mujeres daban, dejando ver sus gruesos y morenos muslos hasta bien arriba de las piernas, lo que causaba una grata exclamación entre los hombres. Ya casi nadie recuerda algunos de estos detalles, aunque muchas veces creo que es en ese baúl donde se encuentran todos los detalles que hoy nos faltan para explicarnos la amnesia total del abuelo.

Fue en el momento preciso en que se interpretaba una puya y el abuelo llevaba fuertemente abrazada por la cintura a la pareja cuando la divisó. Ella, se dice, aunque con poca certeza, estaba en medio de algunos de los asistentes que rodeaban al grupo de bailadores. Cómo logró divisarla, nadie lo explica; pero lo cierto fue que ocurrió: sus ojos se encontraron y no pudieron ya separarse por un tiempo que parecía la eternidad. El abuelo dejó bruscamente a la pareja y lo demás nadie, tampoco, ha podido explicarlo. Lo último que se supo fue que el abuelo se dirigió con ella por el camino que bordea un brazuelo que sale del río y que conduce directo al puente que divide en dos la carretera, para perderse luego en las amplias ciénagas, allende el pueblo. Al día siguiente lo encontraron tirado a la orilla del brazuelo, desnudo y con el cuerpo lleno de rasguños, como si una manada de gatos bravos lo hubieran arañado. Quienes lo levantaron y lo llevaron a su casa dicen que ya en ese momento no tenía la memoria en su cabeza. Desde entonces, no ha habido manera de saber lo que ocurrió con esa misteriosa mujer ni lo que le hizo al abuelo. Asimismo, nadie ha podido descifrar lo secretos bien guardados en su menoscabada memoria. Muchos testimonios se han tejido, y algunos hechos evidencian ciertas cosas pero es imposible recordarlos todos. La respuesta parece estar en el baúl, pero nadie se atreve a acercarse al mismo, y ahora mucho menos, cuando el abuelo lo rueda hasta muy cerca de la mecedora y lo coge para poner los pies encima y así descansar mejor. Sus callosos pies rozan suavemente cada uno de los bordes alisados de la misteriosa caja, mientras con los dedos de las manos acaricia, con movimientos temerosos, los brazos ennegrecidos de la mecedora, y su mirada profunda se pasea cabalgando con el ocaso de cada tarde y de los años, por la destartalada puerta que da a la calle como esperando que alguien llegue. Y, quizá, no llegará jamás.

Taller de Escritores Gabriel García Márquez

Bogotá, octubre de 2008